Los mensajes de la vida

La vida es exacta. Tenemos un cierto libre albedrío pero tenemos ante todo un destino que amenudo solo entendemos mucho tiempo después de los eventos.

Hace muchos años buscaba por primera vez una casa. Me adentré en el bosque de Aquitania y busqué en aquellos pueblos que me parecían entonces bellíssimos con pinos altísimos envueltos en paz y hábitos húmedos del atlántico con un inolvidable olor a resina. Recuerdo como si fuese ahora aquél lugar llamado Comensacq. El ayuntamiento acababa de indicarme una casa en venta.
La casa estaba abierta y entramos a visitarla sin compañia. La casa tenía cuatro habitaciones una trás otra y me fascinaba el lugar. Era silencioso y pacífico. Oímos una lechuza y el viento agitar las mimosas amarillas de febrero. La última habitación de la casa acabo de encandilarme. Había un gran fresco que ocupaba toda la pared frente a la ventana. Era una virgen, con un vestido rosa descolorido, un collar de perlas y un fondo azul. Me detuvé porqué en aquella pintura habia una presencia.
Me quedé un larguísimo rato intentando entender quién estaba ahi, quién habitaba en aquél fresco, quién vestía aquél vestido rosa. Tenía la certeza que aquél ser no tenía compañia y que no era infeliz en aquél lugar. La casa era como un sueño y me impregnaba de pies a cabeza. Mi deseo del fondo del corazon era comprarla y mientras examinaba todos los rincones, de repente ví la llave de la casa abandonada sobre la repisa de la chimenea. Antes de marchar, cojí la llave y antes de despedirme de la virgen, le pregunté:
-"Te agradezco que me digas la verdad, ¿es mia esta casa?, si es mia déjame guardar la llave hasta la compra, si no es mía volveré para dejar la llave sobre la repisa de la chimenea".
Apenas había terminado mi frase que la gran llave de hierro me cayo de la mano con grandísimo estrépito. Supé de inmediato que la presencia, al hacer caer la llave que yo apretaba con un gran deseo, me había indicando con inmediata claridad que aquella casa no era la mia. Pero como tantas veces cuando deseamos algo, escuchamos rara vez las señales de la vida. De modo que volví a mirar aquél ser que habitaba con habito rosa y le pedí que me dejara la llave hasta que yo pudiese comprar la casa y en caso de no poder comprarla, se la vendría a devolver.
Le dí las gracias, le hice una larga oración para ayudarla a marchar de aquél lugar porque nadie debe permanecer atrapado entre paredes y me marché con la llave. Viviamos a más de 600km de distancia. Sin embargo meses después, regresé como prometido para devolverle la llave. El ayuntamiento nos había anunciado un precio que podiamos pagar pero el proprietario de repente lo dobló. Por alguna razón aquella casa no era la nuestra. La presencia vestida de rosa tenía razón y años más tarde cada vez que intenté comprar en aquél lugar de Aquitania, algún incidente insospechado quebraba la adquisición.

Alexia Mayo